13

(…)
Irene: - ¡Que olvidar no es tan fácil! Que las ganas no son suficientes como para abandonar los recuerdos que más duelen en cualquier parte, con tal de que sea lejos de uno mismo.
Cristina: - Impotencia.
Irene: - ¿Porqué no dejas de escribir palabras en ese cuaderno, que no concuerdan las unas con las otras y que además acompañan a una nueva a cada frase que digo?
Cristina: - Te equivocas, claro que concuerdan, todas van contigo y quizás esa es la única relación que tienen entre ellas.
Irene: - No lo entiendo.
Cristina: - Mira: impotencia, rabia, ira, dolor, rencor y en mayúscula he escrito TRISTEZA.
Irene: - ¿Y eso porqué?
Cristina: - Porque abunda en ti más que todas las demás.
Irene: - Todas esas palabras las has ido anotando durante todo este rato, ¿me estás analizando? Vamos, eres mi hermana, pero no psicóloga… ¿A dónde pretendes llegar con esto?
Cristina: - Tu lo has dicho soy tu hermana, por lo tanto intento ayudarte lo mejor que puedo, esta es una buena terapia.
Irene: - No estoy loca ni mucho menos, ¿ahora vas a recetarme los antidepresivos?
Irene: - Por favor baja los humos, y no me hables en ese tono vacilón porque sabes luego cómo acabamos.
Irene: - Está bien, lo siento. ¿Tienes algo que añadir? O sigo desahogándome y demostrándote lo desgraciadita que soy. Todo por haber sido una completa estúpida que quiso sentir por quien no debía. Que por su maldita inocencia ahora está como está, por los suelos… (Cristina le interrumpe)
Cristina: - Puedo ver todo lo que llevas guardado muy dentro a cada lágrima que derramas. También veo en tus ojos el dolor contenido, y sé que te repatea estar como estás y aún más el por quién.
Irene: - Me conoces casi a la perfección. Pero ahora te equivocas tú, y déjame explicarte sin interrupciones. No es tristeza lo que inunda mi sentir, es el corazón encogido por miedo, miedo a no salir de esta.
Cristina: - Pero vas a salir, como has hecho siempre. Me tienes aquí y hay mucha más gente que está a tu lado, en la que puedes confiar.
Irene: - Yo no tengo la culpa de estar así, de nada de esto… La culpa es suya… Su maldita ignorancia… Su puto recuerdo incrustado dentro de mí… Su nombre el que no me atrevo ni a nombrar…
Cristina: - ¡Basta, para ya! ¿Cuánto tiempo vas a seguir torturándote cruelmente?
Irene: - Soy hipersensible a las heridas más internas, esas que van tan dentro y consumen tu ánimo.
Cristina: - Pero eso nunca te ha hecho ser peor que nadie, ni siquiera sentirte.
Irene: - Yo siento como no siente nadie. Siento de otra manera.
Cristina: - Tampoco nadie ha dicho ni comprobado que todos digiramos la misma situación de la misma forma.
Irene: - Esque a cada paso es como que van a por mí, como si me atacaran por el más mínimo detalle.
Cristina: - Siempre sentirás de una forma distinta.
Irene: - Estas conversaciones son las que hacen que me sienta orgullosa de tener una hermana como tú.
Cristina: - Ya me has hecho llorar...
Irene: - Te quiero tata, te quiero mucho.
Cristina: - Ya lo sé tonta, igual que sabes que nos quedan muchas más como estas. Y que yo también te quiero pequeña.
Irene: - No me faltes nunca…
Irene: - ¡Que olvidar no es tan fácil! Que las ganas no son suficientes como para abandonar los recuerdos que más duelen en cualquier parte, con tal de que sea lejos de uno mismo.
Cristina: - Impotencia.
Irene: - ¿Porqué no dejas de escribir palabras en ese cuaderno, que no concuerdan las unas con las otras y que además acompañan a una nueva a cada frase que digo?
Cristina: - Te equivocas, claro que concuerdan, todas van contigo y quizás esa es la única relación que tienen entre ellas.
Irene: - No lo entiendo.
Cristina: - Mira: impotencia, rabia, ira, dolor, rencor y en mayúscula he escrito TRISTEZA.
Irene: - ¿Y eso porqué?
Cristina: - Porque abunda en ti más que todas las demás.
Irene: - Todas esas palabras las has ido anotando durante todo este rato, ¿me estás analizando? Vamos, eres mi hermana, pero no psicóloga… ¿A dónde pretendes llegar con esto?
Cristina: - Tu lo has dicho soy tu hermana, por lo tanto intento ayudarte lo mejor que puedo, esta es una buena terapia.
Irene: - No estoy loca ni mucho menos, ¿ahora vas a recetarme los antidepresivos?
Irene: - Por favor baja los humos, y no me hables en ese tono vacilón porque sabes luego cómo acabamos.
Irene: - Está bien, lo siento. ¿Tienes algo que añadir? O sigo desahogándome y demostrándote lo desgraciadita que soy. Todo por haber sido una completa estúpida que quiso sentir por quien no debía. Que por su maldita inocencia ahora está como está, por los suelos… (Cristina le interrumpe)
Cristina: - Puedo ver todo lo que llevas guardado muy dentro a cada lágrima que derramas. También veo en tus ojos el dolor contenido, y sé que te repatea estar como estás y aún más el por quién.
Irene: - Me conoces casi a la perfección. Pero ahora te equivocas tú, y déjame explicarte sin interrupciones. No es tristeza lo que inunda mi sentir, es el corazón encogido por miedo, miedo a no salir de esta.
Cristina: - Pero vas a salir, como has hecho siempre. Me tienes aquí y hay mucha más gente que está a tu lado, en la que puedes confiar.
Irene: - Yo no tengo la culpa de estar así, de nada de esto… La culpa es suya… Su maldita ignorancia… Su puto recuerdo incrustado dentro de mí… Su nombre el que no me atrevo ni a nombrar…
Cristina: - ¡Basta, para ya! ¿Cuánto tiempo vas a seguir torturándote cruelmente?
Irene: - Soy hipersensible a las heridas más internas, esas que van tan dentro y consumen tu ánimo.
Cristina: - Pero eso nunca te ha hecho ser peor que nadie, ni siquiera sentirte.
Irene: - Yo siento como no siente nadie. Siento de otra manera.
Cristina: - Tampoco nadie ha dicho ni comprobado que todos digiramos la misma situación de la misma forma.
Irene: - Esque a cada paso es como que van a por mí, como si me atacaran por el más mínimo detalle.
Cristina: - Siempre sentirás de una forma distinta.
Irene: - Estas conversaciones son las que hacen que me sienta orgullosa de tener una hermana como tú.
Cristina: - Ya me has hecho llorar...
Irene: - Te quiero tata, te quiero mucho.
Cristina: - Ya lo sé tonta, igual que sabes que nos quedan muchas más como estas. Y que yo también te quiero pequeña.
Irene: - No me faltes nunca…



Publicar un comentario