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Siempre había creído que tenía la cabeza bien amueblada, y hasta hace poco así había sido.Con sus ideas claras, de ideas fijas, con algunos descarriles sin importancia. Hasta el día que él llegó, perdió los papeles. Perdió el norte y el sentido común. Ganó la fuerza con la que luchó y los sueños que alcanzó. Perdió la cabeza y la condenaron a esperar. A esperarlo a él, a vivir una espera. Y ella lo hizo, ella esperó, porque se lo permitieron. Le pedió que lo hiciera. La condenaron a soñar con sus ojos verdes, la juzgaron por inoportuna y atrevida, por haber gritado de malas maneras que le quería, por creer en la magia y en el mago. Fabricó con sus propias decisiones lo que más tarde la haría llorar, que la hizo tan feliz en su día. Se arrancó el corazón a pedazos para intoxicarlo de lágrimas derrochadas. Para contarle a él que necesitaba que le contara, que era lo que estaba haciendo.

El día que perdió definitivamente la cabeza, la condenaron a sentir.