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Jess es insoportable cuando se pone tan caprichosa. Si la comparamos, podría ser una gata en celo. Sólo le quedan los gritos silenciosos, la ira contenida, el llanto lleno de rabia y muy dentro el resentimiento y rencor. Hay un hueco vacante en su pulmón derecho. Quema sus ansias con chocolate y gominolas. Hasta ahora ella había sido intocable a pesar de que tras su coraza escondiera el miedo. Aun a sabiendas de que lo que tenían Jess y Freddy debía terminar, Jess se concome por dentro. Se repite cada noche si habrá hecho lo correcto, aunque está segura de que esa opción era la mejor. Porque si iba a llegar el fin del mundo, no le importaba si la última centésima de segundo la pasaba con él. Le daba igual la humanidad, y eso no le había pasado con nadie. Su problema (bueno, digamos que tiene ocho millones seis cientos cuarenta y nueve) es que lo quiere todo en ese mismo momento. Quiere que lo que quiere, sea ya, ahora. Y a veces, aunque pierdas el tren o te bajes en la parada equivocada, vale más esperar. Aunque la espera se haga eterna o pierdas los sentidos. Yo sé que esperar es difícil y Jess, aunque no lo quiera aceptar, odia esperar. Por eso está tan incontrolable. Porque necesita que llegue el momento en el que no le importe si Freddy a ido con una chica a la discoteca, o con cinco. Necesita que se consuman esas ganas de recaer. Y no necesita un milagro, aunque lo crea. Tan solo se requiere la paciencia que no tiene. No puede perder el tiempo esperando a que algo a pase, y no estoy diciendo que no pueda pasar. Jess tiene fuerza de voluntad y es lo que hace que siga firme, pero no soporta sentir lo que siente y eso, duele.



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